
A 57 años de la epopeya de los Torino en las 84 Horas de Nürburgring. Tribuna 2 recuerda un hito místico y dorado para el deporte motor argentino.
El automovilismo suele tener sobre sus hombros la etiqueta de deporte individual, siempre y cuando es aceptado como tal, ya que para muchos ni siquiera registra como deporte. Sin embargo, se trata de un cúmulo de objetivos que necesitan de un trabajo en conjunto, en equipo.
Existen argumentos diversos para sostener tal aseveración, pero el ejemplo más icónico, diáfano e inconfundible se engarza en la Misión Argentina en las 84 Horas de Nürburgring de 1969. Hoy se están cumpliendo 57 años del inicio de aquel desafío, que terminó por transmutarse como una verdadera epopeya.
Se trató de un equipo ciento por ciento argento, es decir autos, pilotos y preparadores, que se le plantó a los más encumbrados del mundo en una de las pruebas más exigentes, como lo fue la “Marathon de la Route”. Se trataba de una carrera de supervivencia para hombres y máquinas, que se extendía por tres días y medio, en el mítico dibujo del llamado “Infierno Verde”.

Allí desembarcaron tres productos salidos de IKA: los Torino 380W, impulsados por motor Tornado, que se midieron con verdaderos gigantes de la industria automotriz. Se trató, sin lugar a dudas, de una gesta, que tuvo al frente a referentes de nuestros fierros.
La comandó nada menos que Juan Manuel Fangio, cuya figura inexorablemente abría puertas en Europa y cuya experiencia en Nürburgring era legendaria. En el bagaje técnico estuvo bajo la supervisión y ejecución de Oreste Berta. El Mago de Alta Gracia modificó los motores Tornado de tres bancadas para alimentarlos con tres carburadores Weber de doble boca, lo cual le garantizaba extraer una potencia cercana a los 250 caballos de fuerza desde las entrañas de aquellos impulsores, que debían resistir 84 horas consecutivas a fondo.
En tanto, en el plantel de pilotos combinaba juventud con experiencia. Así los nueve elegidos fueron distribuidos en tres tripulaciones: Torino Nº 1: Luis Rubén Di Palma, Carmelo Galbato y Cacho Fangio; Torino Nº2: el Chino Eduardo Rodríguez Canedo, Jorge Cupeiro y Gastón Perkins; Torino Nº3: Eduardo Copello, Alberto Rodríguez Larreta “Larry” y Oscar Mauricio “Cacho” Franco. Por su lado, el Nene Néstor Jesús García Veiga viajó como piloto de reserva.

Los Toro integraron la larga fila india compuesta por 64 autos, de los cuales apenas 19 recibieron la bandera de cuadros, entre ellos uno de los Torino. Muchos quedaron en el camino por la rudeza de la carrera, cuya reglamentación no permitía reparaciones de los autos por parte de los mecánicos en boxes y de hacerse, estaban penalizadas severamente con vueltas de descuento. Además, los turnos de manejo no podían superar las cuatro horas por piloto.
Y a ello se le sumaba un escenario terrible de 27 kilómetros de extensión, con más de 250 curvas y encima la lluvia se ocupó de ponerle un toque mayor de dramatismo. En ese contexto, el miércoles 20 de agosto de 1969 a la 1 de la madrugada se largó la Marathon de la Route. Esos primeros movimientos recayeron en Carmelo Galbato, Jorge Cupeiro y Alberto Rodríguez Larreta “Larry”.
Preconceptos hechos añicos
Apenas irrumpieron en la pista, la trilogía de Toros blancos, revestidos por una pequeña bandera argentina y el escudo del Automóvil Club Argentino (ACA), dejaron en claro que eran veloces y así destrozaban los preconceptos europeos de ser lentos y pesados llegados de los confines del planeta.
Nada simple resultaba mantener el ritmo de carrera, a partir del lógico desgaste de fierros y del material humano. Y el paso de factura no tardó en llegar. Es que el primer Torino en quedar al margen fue el N°2 a causa del mal tiempo; un despiste bajo la lluvia provocado por una mancha de aceite, hizo que el auto se le fuera de las manos a Jorge Cupeiro y allí se decretó el abandono.

Luego le tocó el turno al Toro N°1, que también se fue de pista con el “Loco” Di Palma al volante. Todo se debió a que el auto se quedó sin luces en plena noche cerrada en el bosque del Infierno Verde. La consecuencia fue un lógico despiste, que generó la rotura del carter del motor.
Con ello, la única ilusión en pista era el Nº 3. Y se trató de la resistencia final, con Copello, “Larry” y Franco al volante. La senda hacia la llegada marcaba, como si fuera un mandamiento, el cuidado de frenos y cubiertas. En medio de la extrañeza y de la incredulidad europea, el Torino Nº 3 trepó hasta la primera posición de la clasificación general. Sin embargo, la rotura del caño de escape derivó en reparaciones en boxes, las que fueron penalizadas. Por ello, la organización le descontó al equipo argentino un total de 19 vueltas.
De todos modos, ese Torino N°3, el 24 de agosto de 1969 recibió la bandera de cuadros cuando era guiado por “Cacho” Franco. En el conteo total y final de vueltas y kilómetros recorridos, el Torino fue el auto que más distancia cubrió durante la competencia; completó 334 vueltas frente a las 332 del Porsche 911 de los ganadores oficiales.

Sin embargo, debido a las penalizaciones, la tripulación argentina finalizó en la cuarta posición de la general y se impuso en su categoría (autos de más de tres litros de cilindrada). Se trató de una hazaña colectiva, que generó un fuerte impacto en el país. El regreso de la delegación a Buenos Aires puede ser comparada con la de un equipo de fútbol campeón del mundo. Porque una multitud recibió y escoltó a a los pilotos y mecánicos en el aeropuerto de Ezeiza.
Allí quedaba reflejado que el Torino ya no era simplemente un auto lujoso de calle o el que armaba revuelo en el Turismo Carretera. Ya se había transformado en un símbolo argento. Porque en aquellas 84 Horas de Nürburgring se demostró que, con pasión, sapiencia técnica y organizativa, un grupo argentino podía medirse de igual a igual con poderosos de la talla de Porsche, BMW, Mercedes Benz, Lancia, Mazda o Ford.
Se trató de una gesta con forma de Toro y rugido de un motor Tornado, que conquistó el Infierno Verde y forjó de ese modo un hito místico y dorado del deporte argentino.
Fotos: Archivos Corsa y Parabrisas / Por: Osvaldo Álvarez – Tribuna 2






