Efemérides

El día que el luto desplazó a la fiesta del Turismo Carretera

La ligazón del Turismo Carretera con la ruta sufría un duro revés el 7 de julio de 1991. Un accidente se llevaba la vida de tres espectadores en la Vuelta de Los Hornos.

El túnel de la historia no siempre permite divisar cuándo, dónde, o quién marcó un cambio de paradigmas. En el Turismo Carretera hubo varios hechos que desencadenaron la modificación de un hábitat natural, como lo fue la ruta. Hoy el TC es netamente pistero, luego de haber pasado por ciertos grises, como lo fueron las visitas a los trazados de las bases de Morón, Campo de Mayo y Punta Indio, por caso.

La ruta era el hogar de la categoría, en donde el folklore se desataba cada fin de semana de competencia. Sin embargo, en la década del 90 todo eso comenzó a tornarse difícil de sostener. Quizás la tragedia de Los Hornos de 1991 haya significado uno de los primeros llamados de atención. Claro que no había sido ni el primero ni el único. De hecho, el 6 de marzo de 1988 en Necochea, el Dodge de Edgardo Caparros se despistó por la rotura de un neumático, cuyas consecuencias fueron 13 muertos y cerca de 300 heridos.

Aquella mañana del 7 de julio de 1991 se vio teñida de sangre y luto una fiesta, que terminó por no ser tal. El accidente de Osvaldo Duarte, con su Chevrolet N°24 dejó un saldo luctuoso de tres fallecidos, pero también la pregunta acerca de cómo seguir. Se trataba de la 12ª Vuelta de Los Hornos, que se disputada en el circuito semipermanente “19 de Noviembre”, en las cercanías de La Plata, de 13 kilómetros de extensión.

Miles de fanáticos habían invadido la zona periférica de Lisandro Olmos, partido de La Plata. El dibujo estaba delimitado principalmente por la Ruta Provincial 36, la avenida 66 y la Avenida 197, lo cual formaba una suerte de triángulo veloz, en el que los TC superaban un promedio de velocidad de 200 km/p/h.

El auto de Duarte luego del impacto

En ese contexto, todo arrancó con las tres series: en la primera se impuso Eduardo “Lalo” Ramos (Ford), seguido por Eduardo Marcos (Ford) y Osvaldo Morresi (Chevrolet); la segunda quedó en poder de Fabían Acuña con Dodge, seguido por Emilio Satriano y Roberto Urretavizcaya, con sendos Chivos; y la tercera serie fue para Juan Manuel Landa, con Dodge, seguido por los Chevrolet de Luis Minervino y Eduardo Rodríguez Canedo.

La expectativa había crecido en virtud de la final, que nuevamente mostraba desbordes del público en sectores peligrosos, algo que era moneda corriente en aquella época de ruta. Lo cierto es que mientras el Pato Morresi volaba con su Chivo y se perfilaba para quedarse con la victoria en la final, cosa que finalmente ocurrió, la octava vuelta resultó la fatídica. En la extensa recta del trazado en el barrio Los Hornos la fatalidad estacionó para tender su trampa miserable. Dos autos habían abandonados en la zona de la chicana, y quedaron mal ubicados, a tal punto que obstruían parcialmente la cinta asfáltica.

Así fue que se generó un efecto dominó. Es que los autos que venían atrás, de repente debían frenar casi a cero en una zona de velocidad plena. El descontrol se apoderó de la escenografía.
Pero apareció el Negro Osvaldo Duarte, quien también se encontró con ese gusano de metal frenado. Intentó una maniobra para evitar el choque de lleno desde atrás con los autos allí casi detenidos.

Así fue que el Negro decidió tirar su Chivo hacia adentro, pero mordió la banquina, cruzó la ruta, perdió adherencia, se desestabilizó y en esa tremenda carrera, ya fuera de control, se llevó por delante a tres espectadores, impactó contra el guardarraíl y contra una hilera de árboles. Ante semejante hecho fatídico, la carrera se suspendió sin dilaciones, lo cual decretó el triunfo del Pato Osvaldo Morresi, -se clasificó una vuelta antes del accidente-, mientras que el clasificador se completó de este modo: Roberto Caparello (Chevrolet), Juan De Benedictis (Ford), Oscar Castellano (Ford), Osvaldo Duarte (Chevrolet), José Pepino Malisia (Chevrolet), Fabián Acuña (Dodge), Vicente Pernía (Dodge), Carlos Calamante (Chevrolet) y Emilio Satriano (Chevrolet) en los diez primeros casilleros.

No hubo celebración, porque el luto había despojado a la categoría de toda sonrisa para dejarle incrustado el sabor amargo de la catástrofe rutera.
Se trató de una de las jornadas más sombrías del TC, que esperaba vivir una fiesta más, pero que se transformó en un golpe duro para que se pudiera mantener esa ligazón tan especial entre el TC y la ruta.

Fotos: captura TV / Por: Osvaldo Álvarez – Tribuna 2

Fernet 777
Volver al botón superior