
Un 2 de junio de 1996, en Rafaela, el Loco Luis Di Palma dio cátedra de manejo. Ganó un carrerón, que marcaba su regreso al TC tras dos décadas de paréntesis.
Cada estación en la vida del Turismo Carretera algo guarda; una historia, un recuerdo grato, de los otros, un nombre, un auto, una carrera, un autódromo… El tranco constante y parejo del tiempo no alcanza a posicionar al olvido por sobre la memoria, en muchos casos unida a la melancolía.
En Tribuna 2, hoy decidimos subirnos a la nave de la nostalgia para remontarnos 30 años atrás. Así bajamos por unos instantes en el 2 de junio de 1996, autódromo ingeniero Juan R. Báscolo, de Rafaela para más datos de coordenadas. Allí asoma y nos espera una Chevy blanca, con un Loco al volante.
No era un Loco común, del montón. Era uno de aquellos a los que si uno pudiera lo subiría a la nave y lo traería de vuelta a nuestros días, al menos por unos instantes. Luis Rubén Di Palma era el Loco de esa Chevy que voló en el Templo de la Velocidad en lo que se trataba de su regreso al Turismo Carretera. Ese día, el recordado piloto de Arrecifes dio cátedra en los veloces curvones del dibujo santafesino y se llevó la victoria después de haber luchado mano a mano con otros gigantes del TC.
Sin embargo, antes habían sucedido cosas. Un poco de historia no viene mal. El 20 de abril de 1975, Di Palma ganó las “500 Millas Mercedinas” a bordo de un Torino y tras esa temporada tomó decisiones que lo llevaron a alejarse del TC, a pesar de que realizó algunas incursiones posteriores.
El arrecifeño apostó fuerte en otras especialidades, como el Sport Prototipo, la Mecánica Argentina Fórmula 1, el TC 2000 y el Supercart, en donde hizo debutar un Torino propulsado a GNC.
Tras ello, en 1996 había llegado la hora de pegar la vuelta al Turismo Carretera, en donde había logrado su primera victoria el 31 de mayo de 1964 en la “Vuelta de Arrecifes”. Apenas tenía 19 años, 7 meses y 4 días, con lo cual se convertía en el piloto más joven de la historia en ganar una carrera de TC.
Aquel paréntesis de 21 años se cerró con la decisión del Loco de volver a ser teceísta. Habló con otra figura del automovilismo, Alberto Canapino. Se trató casi de una charla de vecinos, en la que sólo había datos sobre valores de amortiguación y “otras yerbas”. Es que en ese momento el Loco Luis estaba dando los pasos necesarios para regresar al gran círculo.
El ídolo y quien iba a ser su copiloto, Daniel Bolinaga recibieron el apoyo de gran parte de Arrecifes, que se enfiló en el “proyecto volver”. Todo apuntaba a contar con la atención de Alberto Canapino, pero además surgió la posibilidad de sumar a otro peso pesado: nada menos que Jorge Pedersoli.

La carrera de Rafaela estaba en ciernes, el tiempo escaseaba para trabajar, Pedersoli no aseguraba entregar un impulsor con la mejor competitividad. El Loco lo tomó igual, porque la misión principal era volver y al menos llegar a la bandera de cuadros.
Así apareció con la Chevy blanca, atendida por Alberto Canapino y motorizada por Jorge Pedersoli. Era algo así como el Dream Team del momento. Los nombres asustaban. El Flaco Traverso, Guillermo Ortelli, Cocho López, Patita Minervino. Lalo Ramos, Fabián Acuña, entre otros. Y claro, Luis Rubén Di Palma aportaba toda su grandeza hilvanada en casi 30 años de carrera.
Juan María Traverso se quedó con la primera serie (Minervino y Satriano lo siguieron, todos con Chevrolet); el Ford de Ortelli marcó el ritmo en la segunda, con Cocho López y José Ciantini, detrás -ambos con un Chivo-; y la tercera batería era para Di Palma, escoltado por los Ford de Fabián Acuña y Lalo Ramos.
Y la final tuvo todos los condimentos. Nadie se podía distraer porque en un abrir y cerrar de ojos todos cambiaba. Rafaela fue un infierno a pura velocidad, con los mejores mano a mano. Di Palma, Traverso, Ortelli, Cocho, Minervino, el Gurí Martínez, Ramos, Acuña, Mario Gayraud. El Loco prevaleció finalmente por sobre Osvaldo Cocho Lopez, Fernando Iglesias (Chevrolet), Juan María Traverso y Eduardo Lalo Ramos.
En medio del festejo de sus seguidores, el ídolo de Arrecifes se dio el lugar para seguir dando cátedra en el podio, en donde lanzó un mensaje lleno de sabiduría para los que venían atrás. “Espero que les sirva de ejemplo a los pibes que arriesgan demasiado por la ansiedad de querer ganar una carrera como si fuera la última que van a correr. Deben darse cuenta que carreras hay muchas y en algún momento se puede llegar a integrar un gran equipo, como en el que estoy yo ahora, y ganar”.
En Rafaela, aquel 2 de junio de 1996, la victoria coqueteó con todos en los curvones rafaelinos, pero en definitiva un experimentado arrecifeño la enamoró y se la llevó para dar a conocer que había vuelto a casa y que la magia estaba intacta.
Fotos: A. Contreras – Diario La Opinión – Corsa / Por: Osvaldo Alvarez – Tribuna 2







