
Los dos recordados preparadores se unieron en los 60 y le dieron forma a un imperio del motor y del éxito, con victorias y títulos. El 25 de setiembre de 1986 se separaron, siguieron caminos diferentes, pero con el prestigio intacto.
En el deporte en general, las duplas, dúos, binomios, han sido parte de la gloria y han quedado instauradas en la historia. Pero ha habido una que se instaló como una marca registrada y que costó nombrar a sus integrantes por separado. Era complicado dejar de lado a la dupla exitosa, que dejó una estela de enseñanzas. Cómo se hacía para no decir Wilke y Pedersoli. Pero hubo que acostumbrarse desde el 25 de setiembre de 1986 cuando estos dos sabios de la mecánica decidieron tomar caminos diferentes, pero siempre bajo la estrella de la excelencia. Porque se trató de un símbolo que atravesó y nutrió de calidad al TC, sobre todo.
Los dos eran inseparables y durante décadas se transformaron en sinónimo de desarrollo técnico y superación constante en el Turismo Carretera. Pero, casi como una ley no escrita, la sociedad – dicho sin un tono comercial – tuvo su punto final. No hubo pelea, tampoco escándalos y, menos aún, celos profesionales. Cada uno entendió que se había tocado techo como dúo.

Entonces, si uno mira hacia atrás, quedaron extensiones enormes de tiempo compartido en un taller, éxitos y fracasos, victorias y títulos. Aquellos que se conocieron en la planta de General Motors, de San Martín, dejaron su sello en verdaderas joyas que recorrieron diferentes autódromos.
Motorizaron al recordado Barracuda, al Trueno Naranja, ambos de Carlos Pairetti, la Liebre 1 ½ con motor Chevrolet y el monoposto Destéfano de F1 Nacional con motor Chevrolet, que ganara las emblemáticas 500 Millas de Rafaela el 25 de agosto de 1968, con Carlos Alberto Pairetti al volante. También el primer título de TC con el Trueno Naranja, más adelante siguieron grandes trabajos: la Chevy de Carlos Marincovich, en el famoso 7 de Oro de Roberto Mouras, que clavó seis triunfos consecutivos y como no recordar al Dodge del Toro de Carlos Casares con el que ganaron tres campeonatos de TC.

La historia previa
Antes de que se constituyera ese imperio del motor y la mecánica, hubo una historia. El nacimiento de aquella alianza dorada fue absoluta responsabilidad de la comisión de carreras de la General Motors, allá por la década de 1960. Es que dos jóvenes que destilaban pasión por la mecánica cruzaron sus caminos bajo los techos de las naves de la terminal de San Martín.
Ensamblaron desde el primer momento, porque Omar Wilke controlaba como nadie la puesta a punto de un chasis, la aerodinámica y la armonía integral de los autos. Por su lado, Jorge Pedersoli aportaba el genio para el armado y la potenciación de los motores. Desde allí, construyeron un verdadero monopolio del triunfo y la resultante fue que esos dos nombres y apellidos se convirtieran en una sola palabra: Wilke-Pedersoli, todo un sello de garantía para ser competitivo y animársele a cualquiera.
Dos caminos que se abren
A mediados de los 80, la excelencia de la sociedad de una sola palabra había acaparado el mercado. El taller de San Martín era la Meca a la que acudían los fieles teceístas, como si fuera una procesión fierrera. Entonces, el desborde de trabajo llamó a la puerta, a la luz del lógico desgaste de años de jornadas de 15 horas de trabajo como mínimo. Así, ambos entendieron que se trataba de un aviso futurista. Entonces, el 25 de septiembre de 1986 se anunció formalmente que cada uno tomaría un rumbo profesional independiente. Era el momento de buscar un aire renovador y fresco, con caminos nuevos que seqa abrían.
La decisión del divorcio comercial resultó un cimbronazo en el país fierrero. Es que aquella sola palabra había que dividirla en dos. Sin embargo, el prestigio de ambos, lejos de diluirse, creció en forma exponencial.
En ese sentido, Omar Wilke no dejó ser todo un maestro de la mecánica. Su trabajo se constituyó en integral en un auto de competición, ya que atendió en los dos planos: chasis como en motores. Si de ejemplos se trata, sobresale en su CV haber motorizado el Falcon de Walter Hernández (del equipo Trepat) con el que logró el campeonato de TC en 1993, aunque por sus manos luego pasaron motores de todas las marcas.
Jorge Pedersoli se consolidó como un hacedor de campeones. Por su taller pasaron nombres de la talla de Juan María Traverso, Guillermo Ortelli y Christian Ledesma. Si bien se centró en los motores de Chevrolet y Dodge, el Flaco lo convenció para que le hiciera los impulsores de un Ford y un Peugeot 405 de TC 2000, con los que logro sacarlo campeón.
Fueron dos exitosos preparadores. Omar Wilke nos dejó en enero de 2015, Jorge Pedersoli partió unas semanas atrás, pero ambos dejaron grabado el virtuosismo de su pasión por la mecánica en autos de competición.
Aquella única palabra tuvo su límite con la separación comercial, pero no significó que Wilke-Pedersoli se perdiera en la inmensidad del tiempo. Juntos o separados, la época de gloria la escribieron siempre con la misma letra y con una sola palabra, que es una marca registrada.
Fotos: Recuerdos y anécdotas del TC / Por: Osvaldo Álvarez – Tribuna 2







