
Hace dos años, el Flaco Traverso dejaba este plano. Dejó una catarata de anécdotas, de recuerdos, pero sobre todo, su impronta con pasión por los fierros.
No habrá ninguno igual, tal lo que reza la letra del tango “Ninguna”, de Homero Manzi. El molde se rompió, no hay clonación posible, no hay chances de retener aquello que ya partió. Un 11 de mayo de 2024, Juan María Traverso salió de este plano a puro acelerador y dejó rastros de una personalidad tallada a mano y desde la experiencia absoluta.
El Flaco se podía ufanar de llevar como gajo colgado de la mano un talento natural. Porque fue de aquellos que poseen habilidades extraordinarias, que superan el promedio y les permiten destacarse. Y a eso lo acompañaba con una intensidad emocional abrumadora. Porque son aquellos que reaccionan con gran intensidad a los estímulos, lo que puede derivar en una creatividad apasionada o en reacciones rápidas, a veces relacionadas con la ira.

Dicho de otro modo, un calentón, pero que fue único en su especie. Tuvo seguidores, idólatras y detractores. Hubo acercamientos y lejanía con colegas, periodistas, preparadores, pero en su mayoría pasajeras.
Sentarse a escucharlo representaba un excelente programa. Se podía estar o no de acuerdo con sus posturas, muchas de ellas extremas, pero envolvía a sus interlocutores, siempre con el faso entre los dedos. Las anécdotas formaban parte de un ramillete surgido de la vida misma arriba de un auto de competición.
Tenía la virtud -para algunos, un defecto- de hablar con el idioma gestual. Una mirada, un tranco de sus largas piernas, un tono elevado de su voz, eran suficiente para comunicar que en el auto había algo que no le gustaba y que, en muchos casos, hacía aparecer su malhumor. Era auténtico en sus dichos y no había nada que le pusiera límites.

Podía volar una puteada tremenda y detrás una sonrisa, una carcajada; un portazo al auto y en enseguida el tirón de orejas para sus colaboradores. Claro que había que “bancar los trapos” cuando el Flaco enfurecía -en muchas ocasiones sucedía-, pero quienes lo conocían sabían qué hacer para que la situación no se fuera de cauce.
Y arriba del auto nada nuevo se podrá agregar desde estas líneas, sólo que se lo extraña, que sus maniobras ya no aparecen, que su estilo nadie lo ha heredado. Quizás Matías Rossi y Mariano Werner se le acerquen. O algunos más que se pueda estar escapando del pequeño punteo. Pero, claro, el Flaco para haber sido el Flaco, también necesitaba rivales de esa estirpe. Carlos Marincovich, Pirin Gradassi, Rubén Luis Di Palma, Tito Bessone, Guillermo Ortelli, el Gurí, Marcos, por tirar algunos nombres. En realidad, se trata de una generación dorada, diferente, que ya ha pasado y que dejó marca profunda.

El piloto de Ramallo no era sólo números. No lo fue, pese a que tuvo con qué: cosechó 16 campeonatos nacionales y 7 subcampeonatos durante sus 34 años de trayectoria. En TC2000 acumuló siete títulos -1986, 1988, 1990, 1991, 1992, 1993, con Renault Fuego; y 1995, con Peugeot 405. En Turismo Carretera fueron seis cetros: 1977, 1978 (Ford Falcon), 1995, 1996, 1997 (Chevy) y 1999 (Ford Falcon). A su vez, Top Race lo vio tres veces campeón: 1998 (Mercedes-Benz 280); 1999 (Peugeot 405) y 2003 (BMW 320i).
Sin embargo, el Flaco fue y es mucho más que números. Su impronta de piloto pasional marcó tendencia, como en el TC, en donde no tuvo marcas, simplemente porque se destacó con tres de las cuatro: Ford, Chevrolet y Torino (debutó y se retiró con esa marca).

“Ganó Traverso”, era la construcción que más sonaba desde la boca de los relatores de la época. Porque fue ganador con el auto al que se subiera, con los que siempre arriesgó, fue al límite. Por eso se destacó, aunque también se fue de un autódromo, más de una vez, con el auto en una bolsa.
Un 8 de febrero de 1998 Juan María experimentó un accidente en la segunda fecha del TC en Mar de Ajó, en donde dio de lleno con el Falcon en el paredón de los boxes. Ese mismo año, pero en TC 2000, se fue de Olavarría con el Honda Civic irreconocible por un espectacular vuelco.
También la pasó feo el 23 de mayo del 2004, en el comienzo de la segunda serie del TC. Llovía en Río Cuarto y Gabriel Ponce de León tocó a Traverso, que terminó impactando contra el paredón de boxes. Al mismo tiempo, si hubo accidentes hubo hazañas, maniobras espectaculares y polémicas.

Sin dudas, que General Roca 1988 representa el ícono de las carreras memorables en la historia de nuestro automovilismo. Aquella cupé Fuego llegó a la bandera de cuadros en llamas y Silvio Oltra no pudo ganar sólo porque el que manejaba aquella bola incandescente era Traverso.
El circuito de Pigüé en 1995 fue testigo de otra hazaña del Flaco arriba de un auto de competición. Fue segundo de Ernesto Soto con una Renault Fuego en tres ruedas, ya que el neumático trasero derecho había quedado en llanta. Sobre pista mojada, bancó los embates del local, Mario Gayraud (Ford Sierra) y en inferioridades extremas no entregó el segundo puesto.
Sus maniobras y su lengua filosa le dieron forma a hechos que quedaron abrigados en el inconsciente colectivo. Si decimos San Juan 2001, fecha de TC 2000, automáticamente no lleva a la maniobra de superación sobre el Honda Civic del Pato Juan Manuel Silva.
Algunos apuntaron a que se trató de una maniobra para ponerle un moño, otros que merecía una sanción. Sea como fuere, llevó el sello de Traverso. Porque ocurrió a dos curvas del epílogo en El Zonda y el Flaco, con aplauso incluido, le puso su Toyota Corolla a la par y de guapo se llevó una carrera que el chaqueño quería dedicarle a su padre. El Pato se enojó por años, pero el Flaco, sin despeinarse y bajando el dramatismo le sugirió que le “comprara una campera” a su padre.
Se enojaba a diario. Los integrantes de su equipo eran las grandes víctimas de la furia del ramallense, pero también sus rivales. Como le sucedió a Hugo Redolfi, en Paraná 1997. El Flaco dijo que era sincero: “Tiene cara y lo es…”, tiró tras el abandono en aquella carrera de TC. Y qué decir del rosario que le propinó a Ponce De León en Río Cuarto. Se trató de un himno a las puteadas, sólo comparable con la recordada de Federico Luppi en el film Plata Dulce, cuando insulta a Arteche, un estafador de carrera.
Decir que se trató de un fuera de serie es casi una redundancia. Pero vale decirlo una vez más. Tuvo ese no se qué, que muchos lo definen como carisma, pero también lleno de talento. Se lo extraña, aunque a veces surge la pregunta, la duda, sobre si hoy podría ser el Flaco. Seguramente lo “cancelarían” por sus formas, por su lengua cortante, por su rispidez en la pista. De todos modos, como escribió Homero Manzi, “no habrá ninguno igual, no habrá ninguno”.
Fotos: Tribuna 2 / Por: Osvaldo Álvarez – Tribuna 2






