
Se cumplen 43 años de la última carrera del Lole Reutemann en la Fórmula 1. Ocurrió en el GP de Brasil, en Jacarepagúa. No había logrado reponerse del golpazo de Las Vegas cuando perdió el título a manos de Nelson Piquet.
Todo nombre propio suele contener carga emocional, para un lado o par el otro. Para bien, o no. El hecho de sonar genera movimientos en cada uno de nosotros, genera un rebote que hace que en ocasiones viajemos imaginariamente en el tiempo, en donde siguen habitando sensaciones, vivencias, que no son otra cosa que los recuerdos.
Por caso, que suene el nombre de Carlos Alberto Reutemann, ocasiona que indefectiblemente quienes lo vieron (lo vimos) correr en vivo, revivan situaciones pasadas; y en aquellos que saben que existió un piloto santafesino porque les contaron o lo vieron en videos y documentos históricos, se entusiasmen para seguir buceando en el archivo.
El Lole decidió un 21 de marzo de 1982 decirle adiós a la Fórmula 1 después de 10 años de trayectoria. Era un año distorsionado por el peligro de una guerra, que a los pocos días explotó en Malvinas. Pero, también, lo era en lo personal para Carlos Reutemann, quien venía de soportar una de las peores decepciones de las que se tenga memoria en el deporte. Había perdido, en diciembre de 1981, la gran chance de ser campeón de la Máxima, en Las Vegas.

Se había quedado sin fuerzas, pero Frank Williams, quizás para limpiar la imagen del equipo, lo convenció para que siguiera en la escudería de Grove. En Sudáfrica logró un esperanzador segundo lugar, pero en el Gran Premio de Brasil, en Jacarepaguá, hubo abandono con un Williams que no lograba estar a la altura. Entonces, la decisión de guardar el casco tomó cuerpo, pese a que el anuncio oficial se dio unos días después. Se había tratado entonces de la última función del Lole arriba de un auto de la Fórmula 1. Y, a la vez, se dibujaba un gran vacío para el automovilismo argentino.
La campaña del santafesino en la Máxima constó de 146 carreras, con 12 victorias (además suma dos triunfos en carreras no puntables oficialmente), 45 podios, seis pole position y otros tantos récord de vueltas. La materia del título de campeón quedó pendiente, pero sumó un subcampeonato en 1981 y terminó en el tercer peldaño en 1975.

Las escuderías más encumbradas lo eligieron en su momento, como Brabham, Ferrari, Lotus y Williams. No fue obra de la casualidad que Bernie Ecclestone, Enzo Ferrari, Colin Chapdman y Frank Williams hayan confiado en ese piloto de gesto adusto, de pocas palabras, pero de una sapiencia pocas veces vistas para leer un auto de competición. Aquella decisión adoptada en Jacarepaguá vino a ponerle un punto final a una historia de esas que no se olvidan.
En la Argentina de aquellos años, los sábados era esperar una defensa de Carlos Monzón sobre un ring, pero los domingos a primera hora eran de Carlos Reutemann, luego seguía el TC, el TN o el TC 2000. Se trataba de rituales que comenzaban con los primeros rayos del sol dominguero, cuando se trataba la etapa europea de la F1, la más extensa en aquellos calendarios.
El mate era un hermano inseparable, como para apaciguar la ansiedad. Esos bólidos estaban a punto de poner sus motores al más alto régimen, mientras en Buenos Aires de los 70, las calles aún dormían. Las imágenes llegaban en blanco y negro por canal 7 (hoy la TV Pública) y pegaban en el corazón del hincha argentino. Porque el Lole era un sentimiento, aunque para muchos era el clon de la mala pata, ese que no tenía suerte.


Ante cada superación era celebrar como si fuera un gol para el futbolero. Con el “fachero” Brabaham BT44, la Ferrari 312T2, y luego la T3, el santafesino despertó la admiración de la hinchada, lo mismo ocurrió en Williams. En cambio, diferente resultó su paso por Lotus, que con el modelo 80 fracasó rotundamente luego de un par de años de bonanzas con el modelo 79, que llevó a Mario Andretti al título.
Una de las grandes cualidades que siempre se resaltó del Lole tenía que ver con lo metódico de su andar, de su ojo clínico para darles el mensaje justo a los ingenieros en cuanto a lo que le hacía falta al auto.
Ese andar pensante ante lo abrasivo de otros, provocaba que su auto recorriera cada una de las curvas por el mismo lugar, con idéntico radio, sin cambio alguno. Algún fanático de la época contaba que, con un fibrón, había marcado delicadamente la pantalla de su TV, que le permitió detectar que Reutemann en las 70 y pico de vueltas no se había apartado de esa marca en cada paso por determinadas curvas.

Su debut en la F1 se dio en 1971, con un McLaren, en una competencia sin puntos para el campeonato, en la que finalizó tercero, en el autódromo de la Ciudad de Buenos Aires. Pero, oficialmente fue 1972, en el mismo escenario porteño, cuando Lole se mandó por el camino que había abierto el Chueco Fangio, un par de décadas atrás.
Cómo olvidar sus victorias en Nürburgring con el Brabham BT44 en 1974; en Interlagos (Ferrari en 1977), en Jacarepaguá (Ferrari en1978); en Brands Hatch (Ferrari en 1978)… O en Jacarepaguá (1981 con el Williams) en la famosa jornada de la orden Jones-Reutemann, a la que el santafesino jamás le dio entidad… O Mónaco, en 1980, con el Saudi-Williams, que emocionó a todos, tanto que el relator de ATC, Héctor Acosta, no pudo contener el llanto cuando el argentino recibió la bandera de cuadros.
También podemos hablar de decepciones. En 1974 ganaba en Buenos Aires con comodidad con un Brabham rotundo, pero ese sueño se hizo añicos a poco del final, cuando en la zona del mixterío del dibujo N°15, el auto se quedó sin combustible. Increíble, pero real. La rotura de una toma de aire había ocasionado un mayor consumo de nafta y le dejó servido el triunfo al neozelandés Dennys Hulme, con un McLaren.
El GP de Estados Unidos de 1981 que se corrió en Las Vegas, estado de Nevada, era la gran chance para que Reutemann saliera de zapatero. Llegó arriba de Nelson Piquet, pero las complicaciones con la caja de cambios de su Williams FW07 comenzaron a embarrar el mapa. Se retrasó hasta el octavo puesto, el brasileño con el Brabham escaló al quinto lugar y con ello se quedó con la corona de la Máxima apenas por un punto de diferencia (en ese tiempo sólo sumaban los seis primeros).
Aquella decisión de ignorar la orden en Jacarepaguá no había sido saldada. Y el equipo Williams se la cobró en la última carrera, en Las Vegas, cuando y donde más dolió. Pero en la escudería de Sir Frank, no hubo lamentos por haber perdido el campeonato de pilotos, sino todo lo contrario. Reinó la algarabía porque Alan Jones (campeón en 1980) había ganado el GP.
Lo cierto es que, más allá de éxitos y tragos amargos, desde su salida hubo varios intentos con argentos en pista. El talento está fuera de discusión de quienes lograron meterse en la arena del circo, pero nadie logró hasta el momento acumular los kilates del Lole, cuyo nombre sigue generando recuerdos “5 estrellas”.
