Efemérides

Ayrton Senna, un miliciano de la necedad

Han transcurrido 32 años de la muerte de Ayrton Senna, en Imola. El paulista nunca se alejó de sus convicciones y dejó este plano del mismo modo que eligió vivir.

Una flecha azul, amarilla y blanca sigue de largo en una curva. Por un momento se pierde de vista. Una polvareda avisa que algo sucedió. El ruido de los motores casi no puede con esos gritos del silencio que salen de Tamburello. Y se quedaron a vivir allí, justo allí, en donde tenía lugar la última acción de vida de un grande del automovilismo planetario.

Una crónica que dolió escribir aquel 1 de mayo de 1994. El deporte mostraba una herida letal, absurda, que sólo irradiaba desasosiego. Estábamos aturdidos. Costaba creerlo. Costaba entenderlo. Costaba que la ficha cayera. Cómo asimilarlo, si Ayrton Senna Da Silva era nuestro, era de todos, era el súper héroe, era el súper poderoso que se plantaba ante los supremos, al que nada ni nadie lo achicaba, el que guiaba un auto de competición en “puntas de pie”, al estilo baile clásico, con audacia, fiereza y clase, a la vez. Era imposible creer.

Ayrton Senna siempre en el recuerdo a 32 años de su partida

La mañana negra en Buenos Aires no permitía que ese accidente en Imola cobrara forma en la realidad y, peor aún, que se llevara la vida de Ayrton y con ello el virtuosismo se apagaba, como una llamita de fósforo en medio de la furia del viento. En medio de aquella desazón, de aquella angustia lacerante, sonaba un viejo radio grabador, en cuyas entrañas giraba la cinta de un cassete, herramienta de última generación de esos tiempos de la humanidad. Y de allí sonaban los acordes y las melodías sutilmente enhebradas por sus autores, Silvio Rodríguez y Luis Eduardo Aute.

Aparecía La Necedad, uno de los tantos temas del cantautor cubano. En muchos tramos de esa prosa tan bien lograda emergía la imagen del brasileño, de su carrera, de su aura, de sus sueños, de sus desplantes, de sus obras de arte construidas arriba de un Fórmula 1. Decir necedad nos remite al necio. Una persona que, entre otros ribetes, es terca, insistente. En realidad, la palabra tiene mala prensa, pero desde aquel primer día de mayo del 94 dejó de tener esa coloración tiznada y tóxica, que vive en el inconsciente colectivo. Al menos eso le sucedió a quien escribe.

Cada párrafo elegido de esa letra encierra el sentimiento, la filosofía, la conducta y las convicciones del paulista.

“Para darme un rinconcito en sus altares
Me vienen a convidar a arrepentirme
Me vienen a convidar a que no pierda
Mi vienen a convidar a indefinirme
Me vienen a convidar a tanta mierda”

Ayrton Senna siempre en el recuerdo a 32 años de su partida

Se negó a transitar por sendas que no tuvieran que ver con aquello que sostenía en la pista y fuera de ella. Sin dudas era el mejor, no lo vamos a descubrir desde aquí. Pero, sí colocar como mojón, como exponente, que para lograrlo rompió moldes que le valió que lo señalaran como un loco. Pero, él apostó a seguir con sus sueños, a pesar de todo lo que pudieran decirle.

“Dirán que pasó de moda la locura
Dirán que la gente es mala y no merece
Más yo seguiré soñando travesuras
(acaso multiplicar panes y peces)”.

Creer, en muchas ocasiones parece ser un “pecado” y quien se anime hasta puede ser azotado por la lengua social. Ayrton se rebeló y, quizás sin saberlo, fue necio. Necio porque creyó en sus valores, en sus convicciones, hasta en sus arrebatos contra Alain Prost o Jean Marie Balestre.

“La necedad de lo que hoy resulta necio
La necedad de asumir al enemigo
La necedad de vivir sin tener precio”.

Dejó muchas fotos para atesorar en sus días de Fórmula 1. Su primera carrera sobre el Toleman, que debería haber ganado, pero se la birlaron al dar por terminada con antelación el GP de Mónaco. El primer triunfo en la Máxima, en Estoril con un Lotus, bajo la lluvia; y como olvidar sus duelos con Alain Prost, arriba del asfalto y en los boxes.

Ayrton Senna siempre en el recuerdo a 32 años de su partida

Tamburello detuvo su marcha en un fin de semana que no debería haber sido. Porque los anuncios no eran buenos en el Gran Premio de San Marino. La tragedia había avisado dos veces que estaba agazapada, esperando para dar el salto. Primero, en los entrenamientos del viernes, Ruben Barrichello sufrió un fuerte accidente en la ‘Variante Bassa’ a 225 km/p/h. El brasileño sufrió algún corte y golpes solamente, pero el sábado, durante la clasificación, hubo otro accidente con menos fortuna. El austríaco, Roland Ratzenberger se dio duro en la variante Gilles Villeneuve, luego de que su Simtek S94-Ford perdiera un alerón, que hizo que el auto se estrellara a 300 km/p/h. Y allí perdió la vida.

Ese accidente golpeó duro a todos, pero sobre todo a Ayrton, que dudó muchísimo en subirse al Williams FW16-B aquel mediodía italiano en el autódromo Enzo y Dino Ferrari. De todos modos, lo hizo. La pregunta quedó flotando como un mito: ¿Por qué lo hizo?

En el estribillo de aquella canción había una respuesta:
“Yo no se lo que es el destino
Caminando fui lo que fui
Allá Dios, que será divino
Yo me muero como viví
Yo me muero como viví”.

Ayrton dejó un legado extraordinario, casi increíble. Pero, sobre todo, demostró que la necedad contempla otros aspectos positivos, pese al final. Y así lo reza la letra de aquella canción, que cada 1 de mayo vuelve a sonar como un símbolo para entender que creer es posible. Esa canción se ha convertido en un himno personal, pero que ya no suena en un radio grabador, hoy sustituido por equipos tecnológicos más modernos.

Fotos: bbc.com – Car and Driver / Por: Osvaldo Alvarez – Tribuna 2

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