
En Lobería, cuna del Pincho Castellano, un grupo de fanáticos del automovilismo, armó un museo (Villa Ercilia) sobre la actividad zonal de esa región y próximamente se abrirá el de la Velocidad.
Fotografía, pintura, literatura, historia. En definitiva, arte. Y todo reunido a partir de motores, de engranajes, de cajas, de escapes, de radiadores… Asoma como inverosímil que todas estas expresiones estén reunidas bajo un mismo techo, pero sobre todo desde una misma pasión. Sin embargo, sucede… Y el automovilismo lo hace posible o, por qué no, el sentimiento, vocación y/o el mandamiento de un amor indescriptible.
Se trata de una suerte de templo en el que comulgan los fieles fierreros, que se ubica en la ciudad de Lobería, enclavada en el sudeste bonaerense, cercana y limítrofe con Necochea y famosa por ser la cuna de Oscar Castellano, de su hijo Jonathan o del Monito Mariano Atuna.
Un grupo de fanáticos, entusiastas de todo lo que tenga que ver con autos de calle o de competición creó, casi sin saberlo, una de las atracciones de esta porción de la provincia de Buenos Aires. Allí, en Lobería se levanta el Centro Cultural Villa Ercilia, en donde conviven historias, actualidad y esos duendes que transportan pasión. Y muy pronto se sumará el Museo de la Velocidad.
El inicio lo marcó Gabriel Cherenscio, quien adolece de raíces automovilísticas. En realidad lo suyo pasa por la medicina, a partir de su profesión de médico cirujano, pero que además del tufillo de quirófano respira esa atmósfera inconfundible de un taller.
“Unos 15 años atrás comencé a restaurar autos y para ello debí abrir un galpón. Allí se arrancó a armar un auto antiguo, después vinieron un par más y así ese galpón se fue convirtiendo en algo más”, afirma Gabriel Cherenscio y agrega que “todos me decían que más bien era un museo y así terminamos convirtiéndolo en un centro cultural”.
La movida alberga un proyecto de recuperación de la historia. Por ello, el libro, el museo y la restauración van de la mano. “Vamos armando un rompecabezas para recordar la historia y para que no se pierda”, apunta Gabriel, quien cuenta desde dónde surge esta pasión. “Me movilizó esto porque me gusta la antigüedad. Arranqué con una cupé Fiat 800, restauré un Fiat 600 modelo 74, un Chivo y así se fueron sumando un auto tras otro en el galpón”. Graduado en la Universidad de La Plata, Gabriel Cherencio apunta de dónde llega. “Nunca corrí, tampoco participé de una peña, sólo iba a las carreras, pero siempre detrás del alambrado”, reconoce.
En ese templo del automovilismo zonal se pueden en-contrar elementos que se han transformado en verda-deros símbolos históricos. Por caso bajo el techo del Villa Ercilia yace una trompa del auto con el que Osar Castellano debutó en el automovilismo en 1968, mientras que luego apareció la trompa de La Laucha, una cafetera que acompañó al piloto de Lobería durante muchos años.
“Así fueron apareciendo cosas que estaban tiradas y ya forman parte del Museo personal”, cuenta Gabriel y rememora: “Juan Luis Giménez, más conocido como El Jefe, vino hace unos años y me dijo que tenía el motor de El Potro para colocarlo sobre un bastidor y que lo quería poner en marcha…Y lo hicimos”.
Así fue que El Jefe, con 91 años, decidió restaurar el motor Dodge 1936 que impulsó a una cafetera histórica de Lobería, llamada El Potro, y que guió Miguel Angel Pipón Ceirano.

La gente del Centro Cultural Villa Ercilia y del Museo del Automovilismo Lobería fue más allá y redobló la apuesta. “Empezamos a buscar y se consiguió el chasis, parabrisas, tren delantero; conseguí todo, diferencial, los frenos”, rememora Gabriel y añade: “Entonces, un día estaban todos los repuestos en el piso, y me dije que era hora a armar El Potro. Primero muchos no me creyeron, pero luego se sumaron y todos aportaron su granito de arena. Volvimos a ponerlo en marcha tras 40 años y hasta lo presentamos en la Fiesta del Automovilismo, que se realizó días atrás en Balcarce”.
Para Gabriel, y el resto del grupo, aquel espacio es sinónimo de cable a tierra, con el que despliega la pasión por los autos. Así, se entusiasma y enumera: “También hay un Mar y Sierras, de color gris y rojo, de los primeros de los 70. El piloto de ese auto falleció, y el hijo lo tiene guardado, pero lo presta para mostrarlo. Es un Ford T que se está restaurando junto a otro Mar y Sierras que ya se terminó de restaurar”.
En medio de los autos y trabajos de recuperación apa-recen historias. “Ricardo Moreno, orgullo de Lobería, fue uno de los chasistas más reconocidos del TC; construyó autos como los que manejaron Pincho y Johnny De Benedictis, por ejemplo. Un amigo encontró un TC del Sudeste, el primer auto que construyó Mo-reno y lo está reconstruyendo en nuestro espacio”, relata.
En el museo siempre hay movimiento, siempre hay ruido a llaves apretando un bulón o una soldadora que une piezas o que restaura algún daño. “Hay un grupo estable de 10 a 12 personas, pero también hay gente que viene alguna vez y que da una mano cuando se lo pedimos. Por caso, en horas de la tarde se instalan en el lugar y hacen algo y así van cayendo. Entre mate y mate, trabajamos y por ahí algún asadito también”, describe Cherenscio.
Y apunta: “Uno de los muchachos está trabajando sobre un Chevrolet Apache, ya restauramos en su totalidad la primera ambulancia del hospital de Lobería, una Dodge 26; hay un Fórmula 3 que corrió en la zona de Luján en los 70 y otro Mar y Sierra, un Gordini campeón 82 y 83”.
Un museo que habla
En el Villa Ercilia se realizan diferentes actividades, como exposiciones de distintos elementos pertenecientes al automovilismo zonal y también, en ciertas oportunidades, se realizan eventos gratuitos.

Uno de ellos tuvo que ver con el hijo pródigo de Lobería. Allí se realizó un emotivo e importante homenaje al Pincho Oscar Castellano. “En esa oportunidad se acercó mucha gente, exhibimos cosas de los comienzos del Pincho y de los Ford T”, cuenta el cirujano y restaurador de autos.
Decíamos que en el centro cultural también había lugar para la literatura. En virtud de ello, habrá que decir que se llegó a editar el libro “Historia del Automovilismo Zonal Loberense”.
La primera edición data de abril 2025, consta de 306 páginas y es una obra de tres oriundos de Lobería y testigos de la época dorada de las Cafeteras: Horacio Gabriel Cherenscio (médico cirujano, recibido en la Universidad Nacional de La Plata), Miguel Angel Fernández (periodista y relator de eventos deportivos en distintos medios radiales) y Osvaldo Sammaroni (músico, poeta, artista).
Gabriel se encargó de relatar la cocina de esa obra. “La idea era explicarle a la gente con qué se iba a encontrar en el galpón, hoy centro cultural. Entonces acomodé, organicé fotos y recortes de publicaciones que recopilé en su momento. Todo con la idea de armar un guion para interiorizar a los visitantes sobre lo que existe en el lugar”, describe y relata: “Lo cierto es que ese guion derivó en que allí tenía el 70 por ciento de las carreras de autos zonales que se habían hecho en la región. Esa fue la base del libro”.
La historia comienza en 1900 con la llegada de los primeros autos. “En todo eso, nos ayudó mucho Chiche Héctor Luis Sabadini, periodista de Lobería, fallecido el año pasado, ya que sus archivos nos sirvieron para cerrar toda la obra”, recuerda.
“A su vez, este libro del zonal, nos permitió comprar materiales del museo que estamos armando al lado, que está enfocado en lo zonal. Lo bautizamos como el museo de la velocidad, que en definitiva son nuestras historias”, destaca el cirujano de Lobería.
Letras de molde y fierros
Las obras caminan en pos del nuevo recinto, que estará ubicado al lado del galpón primitivo (el Villa Ercilia). “Un vecino de la zona donó ese terreno, y desde ahí armamos una comisión directiva para el museo, cuya construcción se está llevando a cabo gracias a la colaboración de la comunidad de Lobería”, explica Cherenscio.
La figura de Oscar Castellano exime de toda explicación cuando se trata de la idolatría de su pago chico. El grupo de entusiastas fierreros, como se dijo, armó un homenaje para la figura máxima de Lobería y allí nació la decisión de abrir un nuevo galpón para darle forma a un museo de la velocidad.

Al mismo tiempo, se está gestando un segundo libro para unir la literatura con los caballos de fuerza de un motor. Es que la trilogía Cherenscio-Fernández-Sammaroni está abocada a la elaboración de la segunda obra, cuya temática es reconstruir y rememorar la carrera del Pincho Oscar Castellano en el Turismo Carretera.
“En la primera etapa recopilamos casi toda la data de sus carreras, unas 160 aproximadamente; la segunda es observar todas las entrevistas que se le realizaron al Pincho y lo último será hablar con el protagonista. Pero, la idea también es hablar de cosas que nunca se habló”, apunta Gabriel y destaca que “inclusive hemos pensado hablar con copilotos que lo acompañaron a lo largo de su carrera”.
Por un lado un destornillador, por el otro una lámina, un poster, una foto, un cuadro que concentran imágenes que no se olvidan, nombres que siguen presentes. Lobería tiene también para ofrecer un rinconcito para que la historia, y las historias, no se pierda. Para recuperarlas y preservarlas.











Fotos: Centro Cultural Villa Ercilia / Por: Osvaldo Alvarez







