Efemérides

Fórmula 1: la huelga menos pensada

En enero de 1982 los pilotos de Fórmula 1 estallaron contra las arbitrariedades de la dirigencia. Se amotinaron en un hotel de Sudáfrica, en la previa del inicio de la temporada.

El espíritu de rebelión se hizo carne en la Fórmula 1 en la década del 80, y con un argentino como uno de los protagonistas: Carlos Reutemann. Se trató de una huelga de pilotos, que puso en jaque a la dirigencia, dueña hasta ese momento de todas las decisiones. ¿Increíble? Y sí. Con la visión puesta desde nuestros días hacia atrás, imposible entenderlo. Sin embargo, sucedió.

Pro-Gas Extintores

Las luchas por los derechos laborales y sociales eran, por naturaleza, propiedad de las clases bajas, de los desposeídos, de aquellos que se rebelaban contra un orden establecido por las castas dominantes (en realidad todo sigue igual). Pero, de repente, en 1982 la Fórmula 1 se tiñó de todas aquellas posturas que apuntaban a reivindicaciones reclamadas y no satisfechas.

Sí, el glamour también supo de huelgas, de medidas de fuerza. Porque pilotos consagrados –la mayoría embebidos en la elegancia de Mónaco-, en algún punto se pararon con la firmeza de las masas trabajadoras y fueron contra los planes de una dirigencia que pretendía extender su poder.

No hubo bombos, marchas ni pancartas, pero temblaron los cimientos de la Máxima. Se habían metido con sus intereses económicos, entonces patearon el tablero cuando aparecieron límites peligrosos para negociar sus contratos y que se atentaba, además, contra otros derechos. En realidad, se trataba nada más, ni nada menos, que del umbral de la súper profesionalidad que hoy cubre a la Máxima, con los enormes movimientos de fortunas.

La leyenda desparramada en forma cronológica marca que los movimientos telúricos comenzaron antes de que se fuera el año 1981; el volcán entró en erupción en enero de 1982 y la lava cubrió a la Máxima en Sudáfrica, a la sazón de amenazas de duras sanciones y de embargos. La vida del Circo tenía un mapa claro: la Federación Internacional Deportiva del Automovilismo (FISA, sigla en inglés), presidida por el francés, Jean-Marie Balestre y que dependía de la FIA; como antagonista, supuestamente, la Asociación de Constructores de Fórmula 1 (FOCA), con Bernie Ecclestone a la cabeza; y la Asociación de Pilotos de Gran Premio (APDA), que regenteaba el piloto galo, Didier Pironi.

Por esos tiempos, la turbulencia iba creciendo en función del reparto de ganancias por la TV y otros ingresos. La dirigencia y los constructores, en apariencia en veredas opuestas, armaron un frente único para sacar una mejor tajada en detrimento de los pilotos. Ese era el contexto de los finales del 81, pero al año siguiente el “tic tac” se aceleró y la bomba estaba a nada de estallar. Horas antes de Navidad, los pilotos recibieron una documentación que debían completar para la Superlicencia. A la vista, un trámite simple. Pero no. Todo se complicó.

El documento enviado contenía tres puntos polémicos. Uno: los firmantes se comprometían a ser exclusivos del equipo durante las temporadas que fueren. Dos: instalaba una suerte de bozal legal. Es decir los pilotos no podían declarar contra la FIA. Tres: los corredores –tampoco familiares y/o representantes- no podían recurrir a la Justicia ordinaria para dirimir algún conflicto que pudiere suscitarse. Todo bajo una amenaza solapada de quite de la Superlicencia. Dicho de otro modo: a los infractores se le prohibiría subirse a un auto de competición.

En aquel grupo de pilotos ochentosos de la Fórmula 1 asomó la sapiencia de Niki Lauda, quien no sólo mostraba su ductilidad conduciendo un auto. Acostumbrado a moverse en el mundo de los negocios, a partir de su historia familiar, el austriaco se había munido de conocimientos cuando era hora de revisar contratos.

Una buena parte de los protagonistas estampó la rúbrica en forma automática, sin recalar en la letra chica. En cambio, hubo un pequeño grupo que no se “masificó”, integrado por Niki Lauda, Carlos Reutemann, los franceses Didier Pironi, René Arnoux y Jacques Laffite, el recordado canadiense Gilles Villeneuve y los italianos Andrea de Cesaris y Bruno Giacomelli.

Lauda y Pironi encabezaron la rebelión a partir de explicarle a sus colegas la situación que se podía instalar en el futuro, que no sería beneficiosas para los pilotos. Y en Sudáfrica, en la previa del GP que inauguraba la temporada 82 pasaron a la acción.

La huelga de los pilotos de la Fórmula 1

Los ensayos de pretemporada de la Fórmula 1 se extendieron hasta el 19 de enero en Kyalami, mientras que al día siguiente los motores ya no se encendieron, pero sí las voces de los verdaderos protagonistas del automovilismo. En el sector de boxes del autódromo sudafricano se celebró una reunión de pilotos, en la que se llegó a la conclusión que defenderían sus derechos que estaban en verdadero peligro.

Allí mismo, al mejor estilo de una asamblea de trabajadores, se acordó llevar a cabo un plan de lucha contra Balestre, Ecclestone y compañía. La primera medida fue interrumpir la actividad en pista. La segunda apuntó a dejar el hotel ubicado al lado del circuito (Bungalow Kyalami Ranch) e instalarse en el Sunnyside Park Hotel. Tomaron el salón de eventos, en cuyo piso colocaron colchones, compartidos por dos pilotos. Se amotinaron en ese sector del hotel, de donde nadie podía salir ni entrar. Tamaña fue la organización que, por caso, quienes debieran ir al baño se llevaban las llaves y al retorno debían dejarlas en una mesa destinada a tal fin.

Bajo la convicción de presentar batalla en un momento clave como lo era el inicio de temporada, los mejores del planeta a la hora de manejar decidieron aglutinarse, decididos a todo. Arrancaron 31, pero no terminaron todos. Porque, como en todo conflicto, siempre algo se pierde en el camino. En esta historia, dos optaron por abandonar el barco y subirse a la nave enemiga. Según cuenta la leyenda, se trató del italiano Teo Fabi, quien se comportó como un encubierto, ya que buscó una exoneración al confesarle todo a Balestre y Ecclestone, y del alemán Jochen Mass, quien se escapó por una ventana del baño.

Un viejo axioma afirma que “se sabe cuándo comienza un conflicto, pero no cuando se termina”. El grupo afrontó el motín instalado en el hotel con esa certeza. Por ello se buscaron alternativas para transitar las horas que fueran de la forma más amena posible. Así la presencia de Gilles Villeneuve se tornó necesaria por su simpatía y además por sus dotes musicales para tocar jazz; también se anotaban los italianos Elio de Angelis, quien tenía el piano a su cargo (este noble instrumento también fue útil para bloquear la puerta cuando en un momento, Jackie Oliver, manager de Arrows, intentó entrar por la fuerza al salón), y Bruno Giacomelli, quien era un excelente imitador y, a la vez, el único piloto que no ocultó nunca su ideología comunista, pese a que no era muy bien visto por el mundo capitalista en donde se desarrollaba.

TIC TAC, TIC TAC

La tensión subía y las deliberaciones eran nerviosas y febriles en busca de que los rebeldes depusieran la actitud. Al mismo tiempo, la FISA amenazaba con suspensiones perpetuas, mientras que los organizadores de la carrera ponían contra las cuerdas a la FOCA de Ecclestone bajo la amenaza de embargar los autos si la carrera no se hacía o bien sean resarcidos con tres palos verdes. Tic tac, tic tac…

Ante semejante revolución para el mundo de la Fórmula 1, Balestre tiró un manotazo de ahogado cuando propuso que la carrera se correría una semana después –estaba pactada para el 23 de enero- pero con debutantes de otras categorías. Nada de eso pudo ser para mal del dirigente francés, puesto que el público quería ver a sus ídolos, no a principiantes.

La postura sin bombas ni bombos prevaleció finalmente, aunque hubo sorpresas. Porque el viernes, día para la primera tanda de clasificación (ese era el orden estructural de un finde en aquellas épocas), Balestre y Ecclestone plantearon parlamentar. Allí fue Didier Pironi para una reunión, en la que se alcanzó una paz sostenida por alfileres. Se levantaba la suspensión a los pilotos y a cambio se realizaría la carrera. Pero, a esto se sumaba el compromiso asumido por los dirigentes para tratar los puntos de conflicto de la Superlicencia.

Lo cierto es que la temporada 1982 de la Máxima se realizó, con victoria de Alain Prost con un Renault, seguido por el Lole con un Williams (era la última vez que un argentino sumaba puntos en la Fórmula 1, hasta la aparición de Colapinto en 2024). Sin embargo, la puñalada apareció al mejor estilo de una cobarde venganza. Los dueños de los equipos le pusieron a sus pilotos caras de pocos amigos para tensar las relaciones (por caso, la novia de Nelson Piquet “fue invitada” a dejar el box de Brabham por decisión de Bernie).

Pero hubo mucho más. La FISA de Balestre anunció en plena carrera que una vez que cayera la bandera ajedrezada se les aplicaría una multa de 10.000 dólares a Didier Pironi, Gilles Villeneuve, Ricardo Patrese, Alain Prost, Niki Lauda, Jacques Laffite y Bruno Giacomelli y además se les retiraría por cinco carreras la Superlicencia. En tanto, a los demás pilotos –excepto a los fugados Teo Fabi y Jochen Mass-, tenían una multa de 3 mil dólares y dos fechas sin Superlicencia.
Quedaba claro que todo era válido con tal de que el show continuara. Se haría todo lo necesario para lograrlo, hasta faltar a la palabra que la dirigencia había comprometido ante los pilotos, quienes se sintieron usados y traicionados.

La cancelación del GP de Argentina por cuestiones económicas dio más tiempo para que las negociaciones llegaran a buen puerto en la sede parisina de la FIA. Así se llegó al 21 de marzo, GP de Brasil, en donde reinó la paz, como si nada hubiera ocurrido meses atrás. De todos modos, en la mesa de negociaciones se definieron algunas modificaciones, como el ajuste de los contratos, en cuanto a las cláusulas para su rescisión. “Todos felices y aquí no ha pasado nada”.

La huelga de los pilotos de la Fórmula 1

La historia dice que aquel movimiento en masa de los pilotos quedó como un mojón en la vida de la Fórmula 1, porque se trató de un frente amplio y fortalecido por la indignación que provocaba el arrebato de la unión FISA-FOCA, que en esa misma temporada volvieron a enfrentarse entre ellos por el reparto de ganancias. Es que nadie quería quedarse afuera cuando la torta se repartiera. En realidad, se trataba del advenimiento del súper profesionalismo.

Fotos: ricardopatresse.com – www.F1-Live.com / Por: Osvaldo Alvarez

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