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Todo a pulmón: la historia de Carlos Gregorietti

De Leones a Paso de los Libres, del camión al Turismo 4000: historia, sacrificio y emoción de Carlos Gregorietti, un piloto que nunca dejó de soñar.

Carlos Antonio Gregorietti, “Carlitos” para todos, nació el 30 de diciembre de 1964 en Leones, Córdoba, aunque su documento diga 1° de enero de 1965. “Cosas de antes”, dice entre risas, recordando decisiones familiares de otra época. Hijo de Antonio Nazareno Gregorietti, a quien define como un hombre “excelente, ordenado e intachable”, y de Ramona Delmira Hermida, su madre, recordada también por haber sido Reina del Trigo en su ciudad natal.

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La familia era chica: su hermano y él. Poco después de su nacimiento, el rumbo cambió. Su padre se había trasladado en 1957 a Paso de los Libres, Corrientes, tras separarse de una sociedad familiar. Con lo que le correspondía, comenzó de nuevo: envasando aceite, vendiendo productos cordobeses y recorriendo rutas con un camión. Ese espíritu de trabajo marcaría para siempre a Carlitos.

Creció en Corrientes, donde cursó la primaria y parte de la secundaria. “No quise seguir estudiando, no le echo la culpa a nadie”, reconoce. Mientras su hermano se convirtió en ingeniero mecánico, él eligió otro camino: “Yo me recibí de camionero”. Y empezó temprano: a los 14 años ya trabajaba, y a los 16 manejaba por Buenos Aires con el carnet de su hermano, arriba de un viejo Fiat 666 modelo 1943, volante a la derecha. “Anduve por medio país así”, recuerda.

Carlos Gregorietti sobre su Turismo 4000 Argentino

La vida no siempre fue fácil, tras una buena etapa económica, la familia sufrió el impacto del “Rodrigazo” y debió reconstruirse. “Había que acompañar al viejo”, dice. De esa relación se lleva lo esencial: el ejemplo. “El hombre excelente, muy buena persona. Si tengo vicios, los tengo yo, lo aprendí solo. El hombre tenía una conducta intachable. De laburo, de vida, era admirable”, expresa.

No se queda solo en las palabras: recuerda largas jornadas acompañándolo, el sacrificio silencioso, la responsabilidad de sostener a la familia aún en los peores momentos. Fue en ese día a día donde entendió el valor del esfuerzo, del compromiso y de no bajar nunca los brazos. Y al hablar de su padre, la emoción aparece sin filtro, porque en cada paso que dió, siente que hay algo de todo lo que le enseñó.

El automovilismo llegó más tarde de lo habitual. A los 28 o 29 años empezó en el karting, y luego en la Fuerza Libre en su zona. Siempre con recursos propios: “Todo lo pagué trabajando”, dice Gregorietti. Supo ser competitivo, aunque sin la posibilidad de encarar campeonatos completos por falta de tiempo y presupuesto. Hubo un momento clave que pudo cambiarlo todo.

Carlos Gregorietti a bordo de su Turismo 4000 Argentino

Cerca de los 30 años, junto a Héctor Cordone, proyectaban dar el salto al Supercar, en plena época de figuras importantes como Bessone o Di Palma. Pero un grave accidente de un amigo obligó a frenar ese sueño. “Tuvimos que tirar para atrás el proyecto y por eso no encaramos el automovilismo cuando éramos joven y con otros reflejos”, cuenta, Gregorietti.

Ya en 2007, se dio el gusto de llegar al TC Pista Mouras. Mientras el presupuesto acompañó, los resultados estuvieron: peleando adelante, con varios segundos puestos y presencia constante entre los cinco mejores. Pero la falta de recursos volvió a aparecer y el camino siguió en el Turismo 4000 Argentino, categoría en la que compite actualmente y que valora especialmente por su nivel, su paridad y el espíritu del automovilismo tradicional que mantiene vivo. Allí encontró su lugar, en un ámbito competitivo pero también cercano.

En su trayectoria también hay momentos duros. Uno en particular lo marcó profundamente: el accidente con Salerno. “Es lo más triste que me pasó en el automovilismo. Todos los días me levanto pensando en eso”, confiesa. Sin embargo, también destaca el acompañamiento recibido, incluso del propio padre de Salerno, quien lo impulsó a seguir corriendo. “Fue algo muy bravo”, resume, Gregorietti.

Hoy, con 60 años, sigue soñando. Ya no solo por él, sino también por su hijo, a quien le gustaría ver en la pista. “Maneja mucho mejor que yo”, dice con orgullo, aunque reconoce que las nuevas generaciones tienen otra mirada sobre el esfuerzo y el sacrificio.

Gregorietti sabe que los tiempos cambiaron, que ya no todo se vive con la misma urgencia ni con la misma necesidad de “hacerse desde abajo” como le tocó a él. Aun así, no pierde la ilusión de acompañarlo en ese camino, de transmitirle lo que aprendió a lo largo de los años y de verlo crecer dentro de un automovilismo que, más allá de los resultados, también forma personas.

Carlos Gregorietti a bordo de su Turismo 4000 Argentino

En lo personal, construyó una familia junto a Liliana, a quien describe con cariño: “Buena mujer, trabajadora, linda, buena cocinera, tiene todo”. Fueron padres jóvenes y hoy tienen tres hijos: Florencia, Laura y el menor, de 30 años.

El apoyo está, aunque con miedos: “Mi mujer no quiere saber nada, pero me arma los bolsos”, cuenta entre risas Gregorietti. Justamente ahí se refleja el verdadero sostén: en esos pequeños gestos, en el acompañamiento constante, en estar incluso cuando el miedo aprieta. Su familia lo apoya, lo contiene y entiende que el automovilismo es parte de su vida, una pasión que no se negocia. Son ese pilar que lo impulsa a seguir, pase lo que pase.

Fuera de las pistas, su otra gran obra es su empresa de transporte, con más de 30 años de trayectoria y una flota de 20 camiones. “Nunca una mancha, siempre la misma cuenta corriente”, destaca con orgullo. Aquel sueño inicial —“tener un camión como la gente; andaba en un modelo ’43 en el año ’83, un camión que ya tenía 40 años, y lo único que quería era eso”— quedó muy atrás, porque, como él mismo reconoce, “la vida me dio muchísimo más que un camión”.

El automovilismo, asegura, le dio mucho más que resultados: amistades. Nombres, historias, vínculos que se sostienen en el tiempo y que forman parte de su identidad. “La vida y el automovilismo vinieron juntos”, dice. A la hora de aconsejar a su hijo, deja una frase que resume su filosofía: “Te podés quedar seco, lo que no te podés quedar es sin crédito”. En el fondo, es la misma lógica que lo acompañó siempre: trabajo, responsabilidad y palabra.

Carlos Gregorietti es eso. Un piloto de los que se hicieron solos, con esfuerzo, con historia y con una emoción genuina que todavía hoy, cada vez que habla de su camino, vuelve a aparecer.

Fotos: Tribuna 2 / Por: Morena Pérez

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