
El recuerdo y la imagen de Roberto José Mouras se agigantan con los años. Pasaron 33 del accidente en Lobos, en donde perdió la vida el ídolo.
Hay hombres que pasan por la vida dejando marca, un legado, una huella inconfundible. Son esos que desde el ángel que llevaban dentro, desde el talento innato, desde el carisma enamoran, se convierten en ídolos populares, aquellos a los que todo se les perdona, son referencia irrefutable.
Son de esos que trasuntan su hábitat. Son aquellos que con sólo balbucear su nombre determinan presencia y omnipresencia. Son de ese grupo que decora cualquier escenografía. Algo así como un sinónimo de su actividad. Por caso, el Turismo Carretera tiene en él un sinónimo con DNI. Roberto José Mouras lleva 33 años de viaje eterno, que se inició en aquel mediodía del 22 de noviembre de 1992 en el semipermanente de Lobos.
Cómo olvidarlo, tal como reza una canción del Potro Rodrigo. Imposible. Más que un piloto, fue un hombre admirado por propios y extraños, amado y respetado por todas los hinchas del TC.
El Toro se ganó un lugar en la rica galería del automovilismo argentino. No sólo por su habilidad a la hora de guiar un auto de competición, que de hecho le permitió ser tricampeón, sino también por su carisma y un perfil solidario, humano y social. Siempre acudió en auxilio de los más necesitados; dio una mano en escuelas, hogares para niños, comedores… Compromiso social, empatía, que le dicen.
Y como vivió en una zona bonaerense -Carlos Casares- a donde el TC era la gran atracción, desde pibe estuvo cerca de las carreras.
Su figura introvertida e imperturbable, de pocas palabras, hoy es venerada por sus seguidores que lo extrañan, pero también por muchos que no lo vieron en acción. Aquí se erige una figura emblemática que ha derrotado al tiempo. Así es que un autódromo, el de La Plata, y el museo de Carlos Casares llevan su nombre, lo cual habla del legado que se mantiene intacto a más de tres décadas de su partida.
Maldito talud

Ese 22 de noviembre se llevó toda la tristeza, no desperdició nada. Lobos era el escenario de una de las tantas liturgias teceístas a la vera de la Ruta 205. Pero…
Siempre sucedió y sucede que el DNI te incluye o te deja afuera. Con 44 años en aquel 1992, se hablaba del retiro de Roberto Mouras, como que estaba a punto de seguir al Pincho Castellano que había dejado la actividad en 1991. Sin embargo, el piloto había desechado colgar el casco. Entendía que no era la hora aún porque tampoco nada aparecía como argumento para que dejara la actividad.
Así acudió al semipermanente de Lobos, penútima fecha del campeonato, que terminó siendo una de las referencias históricas de la tragedia. El Príncipe de Carlos Casares necesitaba achicar diferencias en el campeonato con el Puma Oscar Aventín, quien mandaba en la temporada con un Ford.


Esa necesidad llevaba a que el pie derecho se hundiera en el pedal de la derecha. Los relojes marcaban que la Chevy llegaba a los 230 kilómetros por hora y así tenía a tiro a su rival. A seis vueltas del epílogo, el Toro mandaba pese a la presión de la Dodge del Chueco José María Romero.
A Mouras se le complicaba a la hora de doblar, tanto que el Chivo empezó a ir de costado. Y faltando seis vueltas parecía que se le daba, pero la trampa miserable apareció sobre la ruta 205, muy cerca del cruce con la 31. Esa coordenada fue el punto final para el ídolo de todos. El neumático delantero izquierdo se reventó, la Chevy se descontroló y golpeó del lado izquierdo contra un maldito talud. El impacto no dejó chance de escapatoria para el Toro y su copiloto, Amadeo González, aunque en este caso falleció días después en el hospital.
De repente el sol pareció apagarse. El día se convertía en todo un pandemonium, el silencio de motores hablaba sollozando. La vida de Roberto Mouras se había apagado en ese impacto. Entonces, apareció la bandera roja, no hubo más carrera y el piloto de Carlos Casares fue declarado ganador post mortem. Se trató de su 50° victoria sobre 259 finales.

Luego siguieron las conjeturas de rigor en cuanto a qué había originado la rotura del neumático. Producto del desgaste producido, dijeron unos; con el objetivo de sacarle el dibujo, y con el calor las cubiertas se pegaban muy rápido al pavimento, apuntaron otros; la posible destrucción de los anclajes del elástico de la suspensión, se escuchó por allá. Lo cierto es que nada pudo ser corroborado.
Aquel clasificador, con seis giros menos de lo pactado a raíz del luctuoso suceso, quedó con Roberto Mouras como ganador con el Chevrolet, mientras que completaron los 10 primeros: José María Romero (Dodge), Oscar Aventín (Ford), Juan De Benedictis (Ford), Juan Manuel Landa (Dodge), Vicente Pernía (Dodge), Eduardo Nicieza (Chevrolet), Emilio Satriano (Chevrolet), Osvaldo Cocho Lopez (Chevrolet) y Fabián Acuña (Ford).

La muerte de Mouras significó un duro impacto para el TC, en particular. Es que con él se iba una parte de una rica dotación de la que fue parte y la que compartió con leyendas como Emilio Salvador Satriano, el Puma Oscar Aventín, el Johnny De Benedictis u Osvaldo Morresi, quien también encontraría la muerte en un accidente en la ruta, el 27 de marzo de 1994 en La Plata.
Lleva grabado la etiqueta de “ídolo de todos”. Así será en la eternidad. Tanto que además del museo y del autódromo que llevan su nombre, el amor que sembró encontró un tributo una semana después del accidente, y que hoy perdura. Vecinos de Lobos, en el sitio del accidente, en el kilómetro 101 de la Ruta 205, a metros de la intersección con la Ruta 41, se levantó un santuario, al que sus hinchas acuden a venerar al ídolo.
Una vida de fierros


Había nacido un 16 de febrero de 1948 en Moctezuma, en el partido de Carlos Casares. El campo y los fierros coincidían en su vida y en 1966 comenzó a sentir la adrenalina arriba de un auto de competición de categorías zonales; su primera victoria se dio arriba de un Chevrolet 400 Súper Sport.
En 1968 pisó el terreno nacional, en el recordado Anexo J, con un Torino, misma marca con la que dos años más tarde debutó en el TC. Aquel estreno se dio el 30 de agosto de 1970, en la Vuelta de Chivilcoy. Allí, se ubicó en el octavo lugar del clasificador final, que lideró nada menos que el Loco Rubén Luis Di Palma (Torino), quien llevó como acompañante al exitoso cantante de la época, Palito Ortega.
El 7 de Oro y Jorge Pedersoli formaron parte de su camino lleno de éxitos. Es que en la última parte de la década del 70 fue la gran atracción con una cupe Chevy dorada, conocida como El 7 de Oro. Pero por esas paradojas que pululan en el deporte, no pudo coronarse como campeón con ese Chivo dorado (antes rojo), aunque logró una marca que fue hito en la categoría: seis victorias enhebradas al hilo.
Sin embargo, lo máximo lo consiguió un poquito después, ya que en los 80 se subió a un Dodge motorizado por Jorge Pedersoli, y así los títulos 83, 84 y 85 se hicieron realidad. Recién en 1986 pudo pintar el 1 en un Chevrolet, la marca que llevaba tatuada en el alma.

Fueron 50 victorias las que arropó en su carrera en el TC. Todas, o casi, mantuvieron una línea común, eran casi un rito, una cábala, una costumbre, como le quiera llamar. Tras cada triunfo volvía a su Carlos Casares para festejar con su gente. Cuentan “paisanos” de allá, que en la llegada a la ciudad se detenía ante una imagen de la Virgen de Luján y que los recibimientos eran una fiesta, mientras sobre un autobomba saludaba a sus vecinos, para quienes era el gran orgullo de Carlos Casares.
Así fueron 49, en la última -en la 50- no hubo llegada, tampoco paseo en el camión de bomberos, ni saludo a la Virgen. Es que en esa 50° victoria, en realidad, había nacido la leyenda enquistada en el TC de un Toro que es resistente a la corrosión del tiempo y el olvido. Quizás sea porque fue, es y será el ídolo de todos.










